Vacaciones en Pichilemu

Mis mejores recuerdos infantiles, creo que se remontan a Pichilemu. Muchas cosas me envían a esa época, escuchando un cassette de Cat Stevens o Deep Purple en el Visa, donde supuestamente había asiento para 5, íbamos 10 (De hecho, el Visa fue donde mi mamá comenzó a trabajar como transportista escolar “pirata”, llevando un grupo bastante cototo de cabros chicos arrejuntados entre los asientos ¡o incluso en el portamaletas! Pero volviendo a Pichilemu, era un panorama esperado todos los años. Hacíamos huevos duros, unos sanguches, una coca-cola, y los bolsos. Había que llevar mentitas o miti-miti de menta para no marearse, porque el viaje por la cuesta vieja hacia Pichilemu terminaba mareando a varios. Era una travesía de casi 2 horas, con 2 paradas casi obligatorias: Una era en Peralillo, donde habían unos columpios y cosas así, donde nos deteníamos a comer algo y a estirar las piernas (que era mejor que cualquier spa), y la otra parada era en plena cuesta oculta en los cerros, donde nos deteníamos para dejar unas velas y así tener un viaje seguro. No sé, las velitas nos daban tranquilidad. El camino era un bosque de eucaliptus, y recuerdo que en el tramo final había algo así como un acantilado mientras uno subía y subía un cerro. Ahora el camino se va por otro lado, pero siempre he querido volver a hacer ese otro viaje, el de cuando chico.

En Pichilemu llegábamos a una cabaña chiquitita, con 3 piezas, de las cuales 1 tenía 2 camarotes, otra tenía un camarote más una cama, y la otra tenía una cama de 1 plaza, la cual era “la pieza matrimonial”, y en ella casi siempre dormían mis abuelos. Si mal no recuerdo, todas las piezas tenían una cortina en vez de puerta. El baño estaba en el patio de atrás, bien lejos de la casa, en una posición estratégica, pues era una letrina con un foso, al cual siempre le tuve miedo cuando iba a hacer mis necesidades (¡sobre todo de noche!). Muchas veces imaginé caer a la fosa de caca. Uhgh! Además, en este baño teníamos una lavaza, donde nos duchábamos con agua que calentábamos en ollas y teteras.

Durante el día pasábamos fuera, recorriendo los alrededores, yendo al “tranque”, a la playa a bañarnos o hacer hoyos en la arena, a Infiernillo a saltar entre las rocas, al aeródromo a mirar las avionetas o al Puente de Piedra. Saltábamos de las rocas hacia la arena, y comúnmente partíamos con mis primos a ver la puesta de sol ya “bañaditos y perfumaditos” en las rocas, donde más de uno pisó esa agua tan hedionda que se estanca con cochayuyos. O incluso, un par de veces las olas nos mojaron completamente al chocar contra las rocas.

Que penca que tengo malo el scanner. Es la única foto online que tengo de Pichilemu en esos tiempos.

En la noche, jugábamos taca-taca donde un vecino, jugábamos a las escondidas en la calle, cariocas en la casa hasta tarde, o si teníamos suerte, íbamos al centro en auto, a mirar las ferias artesanales que tenían de todo para un niño de 7 años, o mejor aún, a jugar flippers (casi siempre Tortugas Ninja o Cadillacs y Dinosaurios). Así pasábamos los días, tomando leche Purita que le quedaba tan rica a mi abuela.

Cuando nos teníamos que ir, teníamos un rito: Comprábamos helados, los que siempre eran un Crazy, o bien, un Danky21. Y cuando estábamos subiendo el cerro que nos daba una vista final de toda la playa y la ciudad de Pichilemu, gritábamos, mientras sonaba el cassette de Cat Stevens: ¡Chao Pichilemu!

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  1. 19/01/11

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