Egofagia

Hay varias cosas de las que querría escribir. Es tarde, estoy acostado, y tengo frío. ¡Perfecto!

Una cosa que quiero exorcizar es el hecho de un cambio de muchas cosas en mi perspectiva. O sea, siempre mantengo un enfoque a pesar que quiero cambiarlo. Y siempre digo que lo cambiaré. Y de a poquito, lo hago. Y no lo hago precisamente cuando quiero, sino que pasa cuando algo lo gatilla, pero en realidad gatillar no describe bien lo que pasa. Veamos:

Si fuera que mi pensar cambia de forma drástica por un evento en específico, sí sería gatillado. Pero en realidad es más un cocimiento. Es un temple. Es el quemar al rojo vivo, luego enfriar, luego volver a llevar a ebullición… Ese juego de tira-afloja, es lo que me cambia. Porque en cada ciclo del cambio, en cada viaje de un estado al otro, algo cambia un poquito. No sé si es el cansancio, o si es que soy lento para captar las indirectas que los pájaros escriben en aire, no lo sé. Pero lo que sí uno se da cuenta es que, al mirar en retrospectiva, uno no piensa igual y exclama “¡uta que fui tonto al hacer eso!”. Uno no tiene la culpa de haber sido tonto. Todos nacemos agilaos, por ese cambio de estar acurrucados con cordón y de pronto tener el golpe fuerte de la luz y después acostumbrarse a la gente y posteriormente a las palabras y después a los actos y después vuelven las palabras mudas a atacar con miradas. La cosa es ésta: Uno mantiene la ingenuidad mientras quiera mantener la protección. Y esto es lo otro: Ingenuidad no es lo mismo que estupidez, así que no se aprovechen de la ingenuidad. Consérvenla, presérvenla. Ayúdenla. No la despedacen. Ni la propia, ni la ajena. ¿Qué hay de malo con la ingenuidad? Mucho. Es la fe. Y la fe es el motor de harta gente.

Como siempre he mantenido, estabilidad es una palabra que suena demasiado a estancamiento.

Volviendo al punto del temple, la otra vez pensaba sobre ciertas cosas que han pasado los últimos meses/años. Viéndolo así, sentí que era como una espiral, y que yo lo que estaba haciendo no era seguir el camino de esa escalera caracol, sino que saltar de un eslabón al siguiente, y de pronto devolverme, para después tirarme de nuevo en caída libre y agarrarme de donde fuera. Y me di cuenta que había estado siendo un egocéntrico descrestado, de forma paradójica al no preocuparme de mí porque me preocupaba del resto porque me preocupaban para así no preocuparme de mí. O algo así, pero escrito más lindo. Es que lo que pasa es que me di cuenta (siempre me pasa que me doy cuenta, pero tarde) que estaba siendo demasiado cerrado y simplemente corría. Ahora acepté igual que necesito ayuda externa, porque yo simplemente me exteriorizo para ayudarme y en esa extrapolación me pierdo y me desconozco y me empatizo y me agobio por ello porque uno no debe ser empático con quien debe guiar. Es absurdo guiar a un perdido con su propio mapa. Así que arrugué el orgullo en una bolita de papel y lo tiré lejos por un rato.

O sea, no llegó tan lejos mi lanzamiento de orgullo. Dejé harto de soberbia y terquedad. Pero esas sobras son necesarias. Sin el orgullo que me impedía ayudarme, acepté retos, penqueadas. Y acepté socorros externos. Y me acordé de haber estado ya en esa situación no una, sino ya varias veces. Sólo que no las recuerdo hasta que la postimagen me mosquea para ver que en realidad es lo mismo. Eso no lo notaba porque era lo suficientemente leso y porfiao como para decir frente a una mano extendida: “NO!” y me levantaba solito. Pero la mano no me iba a ayudar a pararme, sino que a prevenir que me volviera a caer.

Pienso que no sólo uno necesita vivir cosas para madurar. A veces, maduras cuando rechazas el vivir algo que sólo te dejaría en lo mismo de siempre.

Ese creo que es la cosa. Que uno se engaña pensando “las cosas cambian”. Porque si el árbol queda pilucho en  invierno, vuelve a emperifollarse en primavera. Todos los años hará lo mismo, pero hay una diferencia: El árbol crece. Así que las cosas cambian, sí. Pero no en lo medular. En esa cosa profunda, no cambia. En su esencia, sigue siendo un tronco, cada vez más grande. Cada vez más viejo, y más mohoso. Cada vez más anillos de su espiral se podrán contar.

Y esa es la cosa. Hay que crecer, no cambiar. Cambiar es normal. Todos lo hacen. Algunos cambian por un disparo en sus vidas. Otros cambian por inercia (porque todo cambia). Y otros cambian porque la fuerza de la vida es tan fuerte a veces, que sopla en tu cara, se lleva tu cara, y te obliga a dibujar una nueva. Y somos tan malos artistas, que nunca nos queda igual.

Lo entrete de todo esto, es que de tanto cambiar, terminamos igual. Igual que cuando nacimos. Con ese asombro/miedo/curiosidad frente a las palabras que siempre cambiarán su significado. De seguro si leo esta entrada mañana, pensaré: “¡uta que fui tonto al escribir eso!”

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    • Hecate
    • 23/06/11

    Y pa que te vai en la volá?! jajajajaja
    (ves que de repente igual me meto a leer tu blog!)
    Ah, y gracias!! justo necesitaba leer algo así, me ahorraste el psicólogo :C

    • Voh’ ándate a tuiter! >:C Hahahaha… Así que gracias a ti por comentar *_*

      Esas volás me las pego cuando algo me está molestando mucho y estoy sicopateándome con pensamientos no felices por eventos menos felices aún. Si me pongo a pensar simplemente, me doy vueltas donde mismo. Si escribo, apreto Publicar y se acabó el bucle. Y esa entrada, salió de una cosa así… Yo soy muy pa’entro pa mis cosas D: (a pesar que tenga blog y que me empelote en las calles).

        • Hecate
        • 24/06/11

        Siempre pensé que eso de empelotarse en la calle nunca funcionaría.
        A veces corro en círculo para sentirme mejor… :D

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