Examen de Fondo de Ojo

Primero que todo, hay que comenzar hablando de lo que es la retina. La retina es la capa interna del ojo (sí, lo que me cuelga y no malpiense… sólo mire el dibujo).

El ojo tiene varias capas, pero la más interna es la retina. Para que la luz llegue ahí, tiene que atravesar todo. Partiendo desde lo obvio, pero que se deja de lado (incluso en el esquema lo obvié) que es la lágrima, pasando por córnea, humor acuoso (que llena la cámara anterior, que es lo que está entre cornea y cristalino), pasa por la pupila (el circulo negro central que uno ve cuando se mira los ojos), luego el cristalino, después el humor vítreo, y de ahí recién llega a retina. Por lo que si quieres examinar la retina de forma visual, necesitas que todas estas estructuras nombradas, que normalmente son transparentes… pues… sigan siendo transparentes. Sigue leyendo

200 datos sobre Un Wn Feliz

I had fun once and it was awful

"Punto 52: Me encuentro fome, por eso trato de ser entretenido D:"

1.- Pienso que si alguna vez atacan los zombies, bajaré a Suelería El Condor en la Avenida Argentina, y sacaré la ballesta que tienen en vitrina. Le tengo echao’ el ojo.

2.- Me gusta que las calles no estén al nivel de las veredas, porque así doy un salto imbécil para subir a la vereda, o para bajar a la calle.

3.- Me gusta andar a pata pelá, y me da frío en los pies, así que me siento como gárgola en mi silla. Si hace mucho frío, meto mis piernas dentro del polerón. Si hace más frío aún, entro mis brazos a la polera. Si me llaman por teléfono, tiendo a descrestarme porque pierdo el equilibrio (sólo dibujen la situación en su mente).

4.- Tengo este blog hace casi 6 años ya, pero antes tuve 2 diarios de vida. Uno de ellos fue privado. El otro era público. Sí, muy parecido a lo que es un blog, pero en papel. Aún lo tengo guardado.

5.- Cuando dí la PSU, me gané una beca, y me invitaron a tomar tecito con el entonces ministro Sergio Bitar. Llegué atrasado, y sólo alcancé a comer unas galletas y tomar un té. Después me entrevistaron por una radio, y sólo dije weás que no pensaba sinceramente (“Es una experiencia buena el recibir esta atención, estoy alegre, blablabla”) porque en realidad estaba lateado y quedé con ganas de comer más galletitas. Mi entrevista nunca fue emitida.

6.- No me gustan las guatitas. Como alimento tal, es el único que me provoca rechazo. Los mariscos, la carne con nervios, etc… todo el resto de cosas, las como callaito. Pero  las guatitas las rechazo. El olor, la textura, el sabor… todo de las guatitas me hacen rechazarlas.

7.- Mi animal favorito es el perro. Digan que son hueones, digan que son dependientes, que son tontos. Bah. Los perros siempre están ahí. Si se enojan, te muerden. Si les agradas, te seguirá moviendo su cola. ¡Vivan los perros! (Pero los perros chicos poodles sicópatas me caen como el hoyo, a menos que sean piola).

8.- La primera vez que noté la injusticia laboral en carne propia fue en como en 7mo básico. Fui a vender pinos de navidad, junto a un amigo. Los pinos eran de su familia. Yo corría de un lado al otro, movía los pinos, los amononaba, y vendí caleta. Mi amigo me seguía prácticamente. Y al final, le pagaron más a él que a mí >:C (5 lucas por 2 días de pega. Injusto, ¿cierto? Pues más injusto es que haya gente que gana eso normalmente).

9.- Tengo unas canas al frente y otras en los costados. A pesar de esa vejez, no me crece barba (salvo unos pelos feos huachos y un bigote cantinflesco y pobre).

10.- Cuando niño tocaba teclado, pero nunca aprendí a tocar bien con las dos manos. Así que tocaba con una sola. Y siempre me hacían tocar Yesterday de los Beatles. Sigue leyendo

Egofagia

Hay varias cosas de las que querría escribir. Es tarde, estoy acostado, y tengo frío. ¡Perfecto!

Una cosa que quiero exorcizar es el hecho de un cambio de muchas cosas en mi perspectiva. O sea, siempre mantengo un enfoque a pesar que quiero cambiarlo. Y siempre digo que lo cambiaré. Y de a poquito, lo hago. Y no lo hago precisamente cuando quiero, sino que pasa cuando algo lo gatilla, pero en realidad gatillar no describe bien lo que pasa. Veamos:

Si fuera que mi pensar cambia de forma drástica por un evento en específico, sí sería gatillado. Pero en realidad es más un cocimiento. Es un temple. Es el quemar al rojo vivo, luego enfriar, luego volver a llevar a ebullición… Ese juego de tira-afloja, es lo que me cambia. Porque en cada ciclo del cambio, en cada viaje de un estado al otro, algo cambia un poquito. No sé si es el cansancio, o si es que soy lento para captar las indirectas que los pájaros escriben en aire, no lo sé. Pero lo que sí uno se da cuenta es que, al mirar en retrospectiva, uno no piensa igual y exclama “¡uta que fui tonto al hacer eso!”. Uno no tiene la culpa de haber sido tonto. Todos nacemos agilaos, por ese cambio de estar acurrucados con cordón y de pronto tener el golpe fuerte de la luz y después acostumbrarse a la gente y posteriormente a las palabras y después a los actos y después vuelven las palabras mudas a atacar con miradas. La cosa es ésta: Uno mantiene la ingenuidad mientras quiera mantener la protección. Y esto es lo otro: Ingenuidad no es lo mismo que estupidez, así que no se aprovechen de la ingenuidad. Consérvenla, presérvenla. Ayúdenla. No la despedacen. Ni la propia, ni la ajena. ¿Qué hay de malo con la ingenuidad? Mucho. Es la fe. Y la fe es el motor de harta gente. Sigue leyendo

2 AM

A eso se le llama dar la hora… :D

…Error de paralaje sería el término, creo.

Caminé como siempre, con la bolsa del pan en una mano, y el néctar de naranja en la otra. Y anoté en mi celular unas palabras para que no se me olvidaran: “Soy el idiota más listo”.

“¿Falta algo en la casa?” preguntó mi hermano. “Compra un par de panes.” Respondí. “Compra tú porfa, recién llegué, ¡y un jugo!” Replicó, se despidió, y corté. Tenía excusa al menos para salir. Sé que no se necesita excusa para caminar y disfrutar del viento frío (me gusta el viento frío, porque te paraliza la cara con una máscara de insensibilidad, y además, la ropa “abriga más”), pero hoy me sirvió. Andaba en otra.

Así que me puse a leer, para sacar ese “lksauhfpireut” de mi hocico, y hacer esto en voz alta. Supuse “Quizás de tanto escucharme me aburra de mí y también me aburra de todo y entonces me parezca algo rutinario y no sé… Que sea un paso que no lo note, algo así como debe sentir don Jeshú el caminar sobre el agua. Algo común”. Estuve hablando solo un buen rato, y así, mi voz y mi cerebro llenó la pieza.

Título: Destructurado.

Llegué a la casa con la idea en la mente aún fresca, borrosa, movida. No le pude atinar a su frecuencia, pero igual hice lo que pude en atraparla y en escribirla. Pero la pillé apenas, porque muchas cosas estaban en mi cabeza en ese momento, y captar las cosas de reojo es, en definitiva, pura intuición. Y la intuición a veces falla.

Terminé desenfocado, sin ánimo, cansado y un poco desfasado de todo lo que me sucedía. El aire viciado a sinapsis era espeso, y no quería continuar humeando los ojos. Por suerte recibí una llamada.

Estaba comprando, eligiendo entre hallullas y marraquetas tibiecitas, cuando tuve una epifanía sobre todo mi pasado / futuro / presente. Es borroso el pasado, porque no estamos en él. Es incierto el futuro, porque no sabemos a qué apuntar. Es tan irreal todo lo que hubo y lo que pasó. Ni siquiera recuerdo algunas caras, así, las de verdad, sino las de fotografía. Son recuerdos estáticos, con una leve inclinación a lo que vemos en el momento, no a la situación en sí. Esto tenía un término en fotografía, no recuerdo bien… [*]… Pagué el pan con monedas de 10 pesos, compré el néctar con un billete de luca, y salí de la panadería, con montón de ideas en la cabeza.

Pero le hice caso a la intuición. A veces, hay que dejar la materia gris que queda así de tanto ensuciarla con pensar y repensar y pasarse rollos, y escribir con la mente en blanco. Todo papel en blanco, es el comienzo perfecto. Eso creo al menos. Sin líneas que te ordenen, sin cosas que te enreden. Una historia en blanco, leída como uno quiera, desprovista de márgenes, que son los que me tienen tan… chato.

Mientras iba camino a comprar, no pude evitar observar que en cada lugar destinado a que un árbol creciera, en vez había un suelo de tierra. Y en cada uno de esos agujeros de cemento, un perro se recogía en sí mismo, resguardándose del frío viento que estaba soplando.

Hay cosas que me asombran cuando lo miro en retrospectiva por lo absurdo que suena. ¿Memorizar casi 30 dibujos secuenciales? ¿Asociarlos a un sonido? ¿Dotarlos de significado cuando los juntas en determinado orden? Por si esto no fuera poco, memorizar 10 dígitos, con reglas específicas. Nos dedicamos casi 8 años de nuestra vida, o más específicamente, de nuestra infancia, a ello. Y si bien da resultados que son geniales (o de otra manera, no podría saber casi nada de lo que sé actualmente, ni haber leído historias que aún pueblan mi imaginación), es… absurdo. Tan absurdo como leer, sobre lo mismo, 1 año, y aún así, abrir la boca y decir “beiruhvkcxmnvñasudhf“.

(Lea si quiere aburrirse)

Cachai que a veces me dan ganas de escribir, sin tener tema? O no sólo eso, sino que a veces me da por pensar (weá peligrosa) como si estuviera redactando un entry; cuando en realidad nunca “redacto”, sino que más bien voy y escribo a manera silvestre y lo único que hago es revisarlo una vez escrito para ver errores de ortografía o palabras repetidas o tonteras de ese estilo. Sí, tonteras. Porque uno no debería tener normas al escribir, pero están para que así se puedan se entender entre todos. Y cachai que ahora, estoy escribiendo a ciegas, porque la pantalla está en blanco y no veo qué cresta está tipeándose. De hecho, lo único que puedo ver son las rayitas rojas de un par de faltas ortográficas que seguramente son palabras de modismos, o inventadas o cosas así. Pero no errores. No hay errores al escribir lo que uno escribe por escribir en el momento, porque no hay manera correcta de hacerlo. Eso creo al menos. Sigue leyendo

No culpes a la lluvia ♫

Me gustan los colores. Me gusta ir al mercado a mirar los puestos de frutas, tanto por olor, como por los colores. Pero así también me gustan los grises de la lluvia. Es relajante.

Me gusta la lluvia… la echo de menos. Echo de menos esa lluvia copiosa, de gotas gruesas, que caen y duelen. Pero es entretenido y rico sentir esos goterones. Extraño esas pozas que se formaban en la calle de tierra que daba a mi casa. Pozas gigantescas que dibujaban la expansión de cada gota. Y yo contemplaba ensimismado ese universo, mientras la lluvia se encargaba de empaparme.

Recuerdo al colegio, que siempre cuando llovía, el alumnado completo se convertía en un solo curso, en una sola bestia, con un juego único: Hacer un trencito gigante por los pasillos techados, todos tomados de la cintura, corriendo a toda velocidad. Niños de 1ero hasta 8vo básico en la misma culebra monstruosa que avanzaba furiosa. Otros, aprovechaban la lluvia. Con un amigo, el Oscariván, recuerdo una vez que, con la excusa de impedir que los alumnos entraran al patio (mojado obviamente, no techado) nos poníamos como pacos. Porque al menos él lo era. Él era esos alumnos que tenían un gorrito y que eran “de brigada”. Así que había que hacerles caso. Yo, por mi parte, no. Era un pelagato que quería webear en las pozas de agua. Y así correteábamos por el patio de barro a los cabros que querían unirse a la danza de la lluvia.

Siempre me ha gustado la lluvia. Por eso siempre he rechazado los paraguas. Sólo los uso en determinadas circunstancias, pero cuando puedo, sólo salgo con algún abrigo, y me pongo a caminar bajo la lluvia (sin cantar, porque tengo una voz como la callampa, y soy tan tímido como un ratón feo).

La lluvia en Valparaíso es distinta a la de Rengo. Es más copiosa, delgada, flacuchenta, enojona, y corre por las calles, de lado, baja por los cerros, y trae lo que pilla. Pero me gusta. Es un desastre bonito.

Y aunque me guste tanto la lluvia, la ingrata siempre consigue resfriarme. Y me hace mal. Pero es porque no sé llevarme con ella. Yo la acepto como tal, pero la critico que sea tan resfriadora. Me gusta que caiga, que moje, que escurra y que haga pozas. Que pique en la cara. Que obligue a refugiarse. A buscar caminos entre letreros en las calles. A caminar bajo paraguas de gente ajena. Que obligue a ser otro que no se es. Pero me hace mal. Eso lo tengo claro. Sólo que hay veces que, todo lo mal que te pueda hacer algo, da lo mismo mientras te haga feliz en su momento.

Y con lluvia, no me refiero a la lluvia solamente.