Camino a la Luna

Cuento Chiquitito como una pepita de ají

La vista era espectacular. El acantilado se perfilaba a un costado de la autopista, y la luna reflejaba su camino en el mar, simulando una carretera luminosa. La noche era tan oscura como los sueños del conductor, quien no despertó sino hasta sentir el golpe de su vehículo en el mar, en la ilusoria vía lunar.

Sólo un pensamiento

No estoy orgulloso de esto. De hecho, me avergüenza:

Hubo un tiempo en que me creía único. Ezpezial, como nos hacen creer quienes nos dicen que somos irrepetibles e inconfundibles. Yo me tragué el cuento, y me imaginé aislado, poseedor de un elemento que nadie más tenía. La gente me lo recalcaba, y yo inflaba mi pechito. Pero sucedió que después comprendí que todos teníamos algo especial, y mi pechito se desinfló, y me sentí miserable. Sin nada útil, porque lo que, al parecer, me distinguía del resto, no era más que un mejunje poco claro de habilidades a medio camino, mientras que en el resto, veía talentos que yo jamás poseería, y me di cuenta que todo lo que yo hacía, otro lo había hecho antes. Y mejor.

Así que crecí con la cabeza pegada al torso, chiquitita, mirando el suelo, porque me avergonzaba mirar al cielo y esperar llegar allá. Me avergonzaba, pues no me sentía merecedor de volar. Eso, bajo mi perspectiva apocada, estaba reservada para quienes merecían alas.

Con el tiempo, me dejé de interesar en estas cosas. En lo que son las características de cada uno. Me cansé de los talentos, de las habilidades. Pensé: “Uno no debería ser catalogado por lo que hace, ni por lo que es. No debería ser catalogado, y punto”. Pero seguí enjuiciando.

No soy alguien que haga lo que piensa. De hecho, no soy alguien que haga. Soy un pensamiento, que se olvida cuando prendes la tele. Soy el gusanito transparente que ves en el cielo. Ese que a veces lo ves, y se arranca, y se mueve, y está, pero no está, y desaparece, por aburrimiento. Y aparece por aburrimiento. No soy alguien especial, tú tampoco. No tenemos habilidades, no tenemos talentos, no tenemos idea de lo que somos, y no tenemos ni una pizca de genialidad. No somos interesantes. Nadie lo es. Pero qué importa. No nos fijamos en eso. Al final, sólo nos fijamos en cómo nos sentimos, no en cómo nos pensamos.

Abracadabra

No hay magia, no hay pirotecnia. Es sólo sangre.

No siempre hay palabras mágicas que abran puertas. El conjuro puede abrir la cerradura, pero para abrir la puerta, tienes que empujarla.

La piedra se rompe con agua…

Curioso. Hace unos días estaba limpiando mi computador, ordenando presentaciones, papers, trabajos, videos, música, imágenes y un montón de basura electrónica que aún guardo por alguna razón que debe ser la misma por la cual coleccioné en su momento latas de aluminio o cajetillas de cigarro. En eso estaba cuando vi que tenía aún una carpeta de historial de conversaciones. Ya que estaba principalmente limpiando, seleccioné la carpeta Historiales de Conversación, iba a presionar DELETE, pero la nostalgia, y esa weá que llamamos costumbre, me detuvo.

Comencé a leer algunas conversaciones viejas, del 2009. Noté que hay personas que desde el 2009 que no hablo con ellas por msn. Noté que hay personas con quienes ni siquiera he hablado desde el 2009. Noté que el año 2010 fue considerablemente menos conversado. Se repite otra vez el dato raro que muchos dicen: El 2010 pasó tan rápido que no existió (de no ser por ciertos eventos demasiado notorios, como el terremoto).

Noté cosas que en su momento no vi. Vi palabras que no debí escribir. Repasé conversaciones que nunca debieron existir. Y en otras, me desconocí, en muchos sentidos. Alienado, gigante, lógico, inconsciente, azul e intangible. Muchas formas mías aparecían, se mezclaban, se desordenaban, y se presentaban como una sola persona de múltiples caras e incontables voces. Y fueron uniéndose, mezclándose, hasta ser pocas, congruentes, a veces inconsecuentes, pero determinadas. Resolutas.

Así como pasa el tiempo y vamos acumulando pequeñas experiencias, nos vamos amoldando, manteniendo nuestra corteza, pero modificando nuestra geografía física y mental. Nos hacemos fuertes, adquirimos trancas, tenemos mañas, ganamos confianza en nosotros, y la perdemos en el resto. Aprendemos a pasarnos por ciertas grietas lo indeseable. Aprendemos a no meternos en lo que no nos importa, y a sí hacerlo cuando sí  lo hace. Cambiamos, pero en el fondo, seguimos siendo el mismo.

No borré mi historial. Lo dejé ahí no sólo por la curiosidad de seguir leyéndolo, sino que por la misma razón que mantengo un diario de vida (yeh…) de hace unos 8 años atrás. Por la misma razón por la cual sigo teniendo mi jockey favorito de hace unos 11 años atrás. Por la misma razón por la cual mi sobrenombre es Bayu desde que tengo memoria. Nostalgia. Certeza. Identidad.

Como muchos, me gustaría tener una máquina del tiempo. Sólo volver, enmendar error, cambiar actitudes, golpearme para espabilarme. Ver cómo avanzarán las cosas si hago esto, si hago lo otro. Pero como no hay nada así, sólo queda asumir que lo que uno hizo es lo que hizo, sin importar si es lo correcto o no. El juicio viene después de asumir.

…y el viento quiebra montañas.

Vómito

Esta es una de esas entradas sin tema en especial, y en las que me alargo. En las que me pongo latero y le pongo 3 o 4 imágenes para adornar, pero sólo para eso, porque al final soy el único que me leo completo, y no me molesta para nada. Y me releo además, pensando “las hueás que uno escribe derrepente“. Es de esos entries que son puramente catárticos, que sirven para desinflarme y tranquilizar la conciencia que a veces anda con piulle. Aunque no sé, mi conciencia está bastante limpia. El problema más bien es la inconciencia, que creo que quisiera tener más espacio libre y más voz. Pero yo la aplaco y la amordazo pulentamente.

¿Y saben qué má? No escribo nada más porque no ando con ánimos. Yeh, lo de wn feliz se cae, y filo. No siempre se anda animado. Y es cuando más wn ando. Como ahora. Con insomnio. Con lata. Con ganas de hablar de un tema latero repetido pa’ puro sacarlo a vómitos y arcadas y así hacerlo desagradable más de lo que es y escribir sin puntuación sin gramática y caerme mal y sentirme todo un bestia que llora sólo para acercar ciervos pa’ comer y así llenar la guata que es lo que hace la gente cuando anda con vacío sicológico (lo mismo que las compras compulsivas) porque el cuerpo sabe qué quiere pero no sabe como decirlo… Y sólo así, cayéndome mal, podré exorcizarme esa weá.

Porque primero hay que quererse, y esa weá cuesta harto cuando no tenís por donde. Esa falta de perspectiva es pura culpa de esas cosas pa los caballos que nos chantamos en la ca’eza cuando tenemos una meta. Y eso ya lo he dicho antes en este blog me parece: La única forma de perderse, es teniendo un objetivo. Sin meta, no hay por qué perderse, porque no hay nada que buscar.

Y me voy de internet un buen tiempo. Hasta entonces. Sigue leyendo

Leo (no el signo)

A veces las personas son como letras. No necesitas muchas letras distintas para escribir un millón de cosas.

Esto es triste. Antes leía mucho. MUCHO. Todos los días leía, y esta costumbre se remonta a mis 6~7 años aproximadamente, cuando iba en 1~2 básico. Recuerdo que fue en ese tiempo, porque mi tata falleció mientras se terminaba de construir la casa nueva de Pichilemu, y yo me leí Huckleberry Finn, el que recuerdo que fue el libro que me catapultó a leer libros más gordos. Porque antes me leía los Papelucho (uno de los libros más choriflais de la historia), pero con Huckleberry Finn me sentí “grande”, porque era un libro más gordo, de letras chicas (libros de ediciones viejas, no como los libros actuales ¡que incluyen resumen!).

Después de haber conseguido ese hito de leer un libro gordo de letras chicas (¡y sin dibujos!), comencé a leer varios libros que venían con el diario La Nación que eran rosados. Me los leía en el mismo día, devorándolos rápido, y releyéndolos cuando me gustaban harto. Recuerdo El Viejo y El Mar, El Diario de Ana Frank, Moby Dick, La Vuelta al Mundo en 80 días, entre otros. Algunos libros los recuerdo con especial cariño, como El Faro del Fin del Mundo, que me regalaron mis papás a pito de nada en Pichilemu. BEST FUCKING BOOK para leer en Pichilemu cuando niño y la imaginación te sobra, pues el libro me lo imaginaba ahí mismísimo, en las rocas, en Pichilemu. Luego, alrededor de 6to básico, a mi dieta de libros de aventuras (que era mi género favorito, como asumo que lo es para todo niño, yeah!) le agregué novelas de un corte un poco más serio. Más de la laif. De esa época recuerdo Gracia y el Forastero, Hijo de Ladrón, El Extranjero, y otros libros que te piden en el colegio, pero que me gustaban. Pero el que fue mi otro “salto”, fue para mí Eva Luna, porque era un libro gordo, y tenía SECSO… SÍ, SECSO. A menos, más “explícito” y anecdótico que libros como Gracia y el Forastero. Pero la verdad no fue eso lo que fue el “salto” en sí, sino el de tomar libros gordos por gusto. Reconozco que aún gustándome leer, algunos libros me daban un rechazo sólo porque se veían largos. Creo que es el único libro que me gusta de Isabel Allende, y sólo me gusta por el hecho de que fue el primero que leer. Me gusta más por tonteras que recuerdo de él (como la tipa que se compraba su ataúd y dormía en él y gracias a eso se salvaba) y por algo personal, que por el libro en sí. Pero bue… eso es tema aparte. Sigue leyendo